jueves, 9 de agosto de 2012

La vuelta a la cordura en 80 días


Le piden a la nena “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne. La nena tiene 11 años, y va a una escuela privada de Capital.

El requerimiento es bien específico, hay que comprar la edición 2005 de Ediciones Agebe. Primera perplejidad: Julio Verne es uno de los escritores más publicados de la historia, y un clásico de la literatura adolescente. Uno leyó “La vuelta al mundo en 80 días” por las suyas, sin necesidad de que la escuela lo pidiese, porque estaba “ahí”, en algún lugar de la biblioteca, y hoy debe seguir “ahí” en la casa de miles de abuelos, que podrían desempolvarlo y de paso ponerse a leerlo con sus nietos. Pero no, la escuela (¿la “seño”, el sistema, la directora, el mercado editorial?) pretende esa edición. No otra.

Segunda perplejidad: los padres salen disparados a comprarla cual si se tratara de “Otonoxan 40 miligramos” recetado para una extraña dolencia que puede estragar la salud de sus hijos. Pero es “La vuelta al mundo en 80 días”, no una de esas novelas especialmente concebidas para lectura escolar, un subproducto literario que pretende adecuarse con estilo “canchero” al gusto de los niños y a la vez convertirse en un mojón didáctico, sin lograr una cosa ni la otra. Es “la vuelta al mundo”. Tiene miles de traducciones, todas más o menos parecidas. Así que lo que uno deduce es que seguramente trae una guía con ejercicios especialmente diseñados para vincular de un modo interdisciplinario varias áreas de conocimiento. Pero no. Es la misma “vuelta al mundo” de siempre, con Passepartout y Phileas Fogg yendo de aquí para allá. Es más, la edición es bastante más fea y berreta que las que uno conoció en la infancia, por caso la de aquella colección Iridium, que creo era de Editorial Kapelusz. Tapa dura aquella, contra tapa blanda y deslucida ésta. La de Iridium, con ese piel roja que pueden ver corriendo a la par de la locomotora, como salido de un cuadrito de José Luis Salinas, la de Agebe con ese globito en el que ni siquiera se vislumbra figura humana que lo conduzca (de paso, Phileas Fogg y Passepartout jamás viajan en globo durante toda su travesía, esa es una licencia que se permite la película de 1956, así que o bien Agebe no ilustra muy bien a sus ilustradores, o los larga al ruedo con un par de vaguedades del tipo “pónele un globito en la tapa y listo”).

Hay en Internet una cantidad apreciable de traducciones de “la vuelta al mundo”, que los pibes podrían leer on line o imprimir. Pero no. Todos los padres se ven obligados por los púberes a comprar esa edición de Agebe, que a más de poco inspirada y ordinaria, muestra enseguida la hilacha de un escaneo insidioso y desprolijo en cuanto manchitas de café o mosquitas muertas se convierten en sorpresivos tildes, y así hasta Passepartout deviene por obra y gracia de un rayón mínimo en Rassepartout.

De paso, se nota que el señor Agebe no paga correctores, y el final de una carta que se transcribe en el libro, queda a caballo de dos páginas, en una composición fallida que los viejos correctores de Iridium no hubieran dejado pasar.

Tercera perplejidad: los padres que han conseguido la joya inhallable de la edición de Agebe, se la pasan por la cara a los que todavía penan por librerías de Belgrano, Devoto y Villa del Parque. Es decir, han comprado “la vuelta al mundo” con el mismo espíritu con el que pujan por la Wii: “mi hijo la tiene, yo la conseguí primero, tomá pa´vos”.

Lo que uno sospecha es que las editoriales vienen haciendo el mismo trabajo que los laboratorios: seducen al profesional responsable, le dan unas cuantas muestras gratis y una vez que los convencieron de que esa edición insípida y fallida es la elegida, no tienen más que sentarse a esperar la histeria colectiva: los niños exigen a los padres esa edición, y los padres no conciben que, o bien pueda estar –palabras más, palabras menos según la traducción-, en algún rincón de la casa o bien esperándolos en la biblioteca de los abuelos (y por qué no, en una librería de viejo, a diez pesos, después de revolver junto con sus niños en procura de varios tesoros por los que nadie puja, porque no han tenido atrás a un promotor ofreciéndolos con espíritu de buhonero).

Pero ya está, todos los niños tienen una misma edición de “la vuelta al mundo”, no sea cosa que por intentar con otras ediciones, Phileas Fogg pierda la apuesta o se mande por un sospechoso atajo entre India y San Francisco para completar el periplo.

Ya está, todos bien uniformaditos como la escuela manda.

Y a seguir comiendo el Big Mac que andá a saber cuántas escupidas tiene adentro.

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