Dos ancianos se descomponen en una casa de Avellaneda. Alcanzan a llamar a su hijo quien le encomienda a su mujer que corra a casa de sus padres, mientras busca ayuda médica. Al llegar, los tres están muertos, y la misma suerte seguirá él mismo y los socorristas. Por negligencia y falta de control, un par de empresarios arrojaron a las cloacas una mezcla mortal de ácido cianhídrico que en menos de una hora terminó con la vida de siete personas.
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Aquella noche nos habíamos dividido en grupos y le dimos largo y tendido al aerosol. Él trabajaba en la redacción del “Popular”, y yo en la corrección de “La Gaceta”, fugaz vespertino que cerró allá por el ´86. Después de una asamblea, nos dividimos en grupos y pintamos varias paredes de Avellaneda y Capital. Los despidos masivos habían sido en “La Gaceta”, pero a él le tocó la mala aunque estaba en el diario que hoy sigue tirando su buena cantidad de ejemplares. Por lo que supe, de ahí se fue a trabajar a la UTPBA, el sindicato de prensa, donde lo encontró la muerte siete años después, cuando lo arrojaron al Riachuelo.
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En este caso, los muertos fueron 25, y no fue el ácido cianhídrico lo que se los llevó, sino el alcohol metílico. Ahora fue el Instituto de Vitivinicultura el que no controló las partidas de “Soy cuyano” y “Mansero”, del mismo modo que un año antes el Ministerio de Salud hizo la vista gorda para que los laboratorios Huilen pudieran meterle dietilenglicol a medicamentos que no estaban autorizados a elaborar. El cuentamuertos también se detuvo esta vez en 25.
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Las propagandas eran triunfalistas y abrumadoras. Auspiciaban todos los programas políticos, y hasta había uno de preguntas y respuestas, conducido por Pancho Ibáñez. Los nombres eran optimistas y acogedores, Siembra, Orígenes, Futura, Savia, Previsol, Previnter. Hasta los sindicatos se metieron en la rula de las AFJP, que al poco tiempo, después de seducir a sus clientes con merchandising (pelotas, camisetas argentinas que fueron furor en el Mundial del año siguiente) se largaron a timbear la plata de sus administrados, o sea, se tiraron a una mano de pase inglés en la Bolsa el futuro de esos que decían venir a proteger.
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Por aquella época todo era independiente y eficiente, por eso al Banco Central se le metió mano en su carta orgánica. Era una exigencia del neoliberalismo por la que todavía claman los voceros de las finanzas, ahora que la tortilla se les dio vuelta, y que Calcagno padre e hijo, explican de esta manera: “En los hechos, el manejo de los instrumentos de política económica propios de un Banco Central confiere gran parte del poder. Quien establece la tasa de interés, el tipo de cambio, el crédito y la emisión monetaria controla la base de los mecanismos económicos. Es un lugar estratégico, porque si no alcanza para ejecutar un programa económico, puede impedir la ejecución de políticas alternativas. De allí que la primera exigencia del FMI y de los grupos financieros internacionales y locales es la ‘independencia’ del Banco Central, que significa su feudalización”.
No debía ser muy importante tampoco controlar la energía para desarrollar una política nacional y por eso se privatizaron Somisa y la central hidroeléctrica Chocón-Cerros Colorados, sin olvidar, claro está, a YPF, que a los pocos años dejará un tendal de desocupados, y con ellos, a los primeros piqueteros cortando rutas al lado de pueblos fantasmas.
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El almirante Rojas, asesino de 400 argentinos en 1955, se va en paz de este mundo, después de recibir el abrazo del presidente Menem.
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Y en ese mismo año de 1993 en el que todos estos eventos ocurrieron, en el que se borran de un plumazo ramales ferroviarios, en el que dos viejos camanduleros deciden, a través de un pacto personal, la espuria reforma de la constitución, en el que Mario Bonino fue asesinado y arrojado al Riachuelo, en el que el estado ausente deja morir a decenas de ciudadanos por falta de control, en el que se cuece la descomposición social que hoy bajo el nombre de “inseguridad” horroriza a los sectores medios, se dicta la Ley Federal de Educación.
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Se sabía de antemano que la ley acompañaría la fragmentación de la sociedad argentina, que de hecho desjerarquizaría la profesión docente y liberaría al estado nacional de sostener la educación en detrimento de los estados provinciales y municipales. De hecho, yo, que entonces daba clases en el “Arcamendia”, conocido así por ubicarse en la intersección de Suárez y Arcamendia, en Barracas, vi cómo la inscripción “normal” que el colegio portaba por las mañanas, daba paso al más modesto EMEM, es decir, escuela municipal de educación media. Así, los normales, aquellos centros donde se formaron miles de “señoritas” que impartían la vieja educación sarmientina, se cerraban dando paso a unos engendros en los que la instrucción sería de allí en más un simulacro. De paso, los industriales iban derecho al museo de la educación, en un país que no necesitaba ni ciencia ni técnica.
Volviendo a la escuela: la otra calle, paralela a Arcamendia, se llama Coronel Rico, y las tres, junto con Suárez, forman un raro triángulo a la vera del Roca, con el que las tizas suelen tiritar a su paso.
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Tenía primero, segundo y tercero, y no me importaba demasiado si estaba o no estaba en el programa, pero yo no podía privarme de leerles “Operación masacre”, contarles de Walsh, pedirles que imaginaran los segundos indecibles de Horacio Di Chiano bajo los reflectores de la policía en el basural de José León Suárez, hasta que los policías lo terminan de dar por muerto, y hablarles del enorme Julio Troxler, que había corrido por ahí, ven chicos, asómense a la ventana, por ahí, por Coronel Rico, mientras los sicarios de la Triple A le disparaban.
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Los pibes del turno tarde venían del Conurbano, y esas aulas no eran seguramente las que fueron antes de la dictadura. Costaba dar la clase, había que luchar a brazo partido para que te dieran bola, pero al final, como suele ocurrir con un poco de pasión y ganas, se lograba. Yo ya había optado por métodos heterodoxos, así que armé, fotocopiando la mismísima foto escolar de los pibes y después de recortar las caritas de cada uno, unos cuadernillos en los que hasta análisis sintáctica había, siempre con una estética más cercana a la cumbia villera que al libro de lectura ¡Upa!
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Ya ni me acuerdo cómo fueron esos días de la reforma, pero vagamente me veo en medio del patio dando un discurso, porque la tropa se soliviantó, incluso una tan sumisa como la de aquellos docentes, y entonces hasta era bien visto que uno tomara la iniciativa y hablara de lo que podía pasarnos con la nueva ley con la que al final nos derrotaron. Pero no sin dar batalla, eh. Hablamos en las aulas, trajimos sábanas viejas y armamos flor de banderas, enseñándoles a los pibes cómo llevarlas, después de tajearlas un poco, para que el viento no los arrastrara. Marchamos desde Barracas hasta la Plaza de Mayo, horas y horas, con una multitud que hoy nadie recuerda pero que mi memoria hace ascender a 150.000 personas.
Es curioso, hoy, cuando la política está de vuelta, no hay marcha que convoque esas cantidades, pero entonces, con la bota neoliberal sobre nuestras cabezas, podíamos llegar a esa cifra o a las 200.000 que repudiaron los indultos de Menem.
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Ya no sé si fue antes o después de la marcha, fue, seguro, por esos días; nos estábamos yendo, una profesora de Historia, un preceptor y yo, cuando otra docente, ya ni sé de qué materia, nos cuenta, sin un asomo de indignación, que un policía uniformado entró en el aula, que pidió documentos, que hizo levantar la mano a los que tenían y a los que no, y entonces, superando nuestro estupor ante tanta mansedumbre, nos prometimos en la misma puerta denunciar el hecho.
Esa misma tardecita llamé a Página/12. Me atendió la encargada de Educación, una tal Nora Veiras, y por la noche me apersoné en el programa de Aliverti, “Protagonistas” se llamaba, y escribí de puño y letra una crónica de lo que pasó, y que fue leída al aire y comentada como “una más que obvia apretada del ministerio del Interior” que en ese momento manejaba Ruckauf.
No era una exageración, por entonces Menem decía esto: “Yo los llamo a la reflexión. El horno no está para bollos. Yo no estoy en contra de esta amplia libertad que se vive en la República Argentina. Pero no vaya a ser cosa que volvamos a tener otro contingente de Madres de Plaza de Mayo reclamando por sus hijos”.
Cuestión que al día siguiente se armó un escándalo, porque los medios, que de ningún modo fueron capaces de hacer una lectura política del tema, se empecinaron en condenar a la directora de la escuela como responsable por “traer” a la policía.
Ese mismo año dejé de dar clases allí, no sin antes conocer la rispidez en el trato de directivos y compañeros, encrespados contra el que pateó ese hormiguero tan incómodo.
Después siguió el silencio. La reelección, una desocupación que trepó al 25%, la voladura de la AMIA, la ostentación menemista y la imbecilización de toda una sociedad que vendía el alma a cambio de una licuadora.
Ignoro si algo de esa lucha quedó en el recuerdo de esos pibes. Lo dudo. Por mi parte, me veo yendo un par de veces a reuniones de padres y docentes autoconvocados a las que la izquierda se empecinó concienzudamente en fragmentar. No mucho más. La estupidez y la antipolítica alcanzó a todos, hasta que alguien tuvo la idea, en diciembre de 2001, de desempolvar las marchas, las asambleas y la participación.
Y así, hasta el presente, donde el paisaje cambió. Mucho. Veamos: que a una piba que no dejan hablar en una escuela de San Juan, se rebele a la autoridad y se despache con un discurso contra la dictadura, es tan reconfortante como que una directora converse de igual a igual en un escenario de Tucumán con otra piba que pide ver el programa de Lanata.
Que florezcan los centros de estudiantes, que se denuncien los horrores edilicios de cualquier distrito, que se recupere la palabra, sopapeada en la puerta de un boliche o pateada en la mirada de dos adolescentes que se agarran a trompadas porque sí, es señal de esperanza.
De ese estado de inmovilidad de los ´90, de derrota y pérdida de toda soberanía; de ese sálvese quien pueda a este me parece que juntos podemos algo, hay un trecho enorme que ningún 0800 puede vulnerar.
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El Eternauta, proscripto ahora de las escuelas porteñas, empieza con una nevada mortal, que cae sobre cada habitante de Buenos Aires, matando a los que quedan a la intemperie. La salvación viene de la mano de la protección –esos rudimentarios equipos con los que los afectados se protegen de los copos asesinos-, y de la solidaridad. A partir de ahí los resistentes irán descubriendo sucesivos enemigos, a cual más peligroso, hasta llegar al verdadero amo.
La historieta y la historia acaban de reunirse una vez más.
Así que calcémonos los trajes con las escafandras y vayamos haciendo contacto con todos los pibes.
Seguro nos encontraremos en las calles o, por ser tiempos más mediáticos, vía Twitter, Facebook, o porqué no, a través de un 0800 Eternauta.


Sobre el tema de la prohibición del Eternauta en las escuelas, no tengo tampoco super claro qué fue lo que pasó, pero por lo que entiendo, me resulta sumamente triste que se tome una medida como esta. Personalmente no me resultó muy atractiva la historieta (no llegué a leerla por completo), pero bueno, es una cuestión de gusto personal que creo que cada quien tiene derecho de determinar por sus propios medios y opiniones.
ResponderEliminarEntiendo que el tema viene a cuento de que la agrupación La Cámpora ha tomado como símbolo la obra de Oesterheld (Reemplazando la cara del protagonista por la de Néstor Kirchner), cosa que por otro lado, no entiendo a qué se debe. Ojo, tampoco quiero desviar la discusión hacia las razones de la Cámpora para identificar a Kirchner con el eternauta, supongo que habrá alguna relación que mi desconocimiento de los implicados me impide entender.
Pero bueno, creo finalmente que la obra en cuestión (El Eternauta), o más bien sus potenciales lectores, son una víctima más de esta inútil yererta entre el Gobierno Nacional y el porteño. Ciertamente triste.