sábado, 25 de agosto de 2012

0800 ETERNAUTA

Dos ancianos se descomponen en una casa de Avellaneda. Alcanzan a llamar a su hijo quien le encomienda a su mujer que corra a casa de sus padres, mientras busca ayuda médica. Al llegar, los tres están muertos, y la misma suerte seguirá él mismo y los socorristas. Por negligencia y falta de control, un par de empresarios arrojaron a las cloacas una mezcla mortal de ácido cianhídrico que en menos de una hora terminó con la vida de siete personas. 
*** 
Aquella noche nos habíamos dividido en grupos y le dimos largo y tendido al aerosol. Él trabajaba en la redacción del “Popular”, y yo en la corrección de “La Gaceta”, fugaz vespertino que cerró allá por el ´86. Después de una asamblea, nos dividimos en grupos y pintamos varias paredes de Avellaneda y Capital. Los despidos masivos habían sido en “La Gaceta”, pero a él le tocó la mala aunque estaba en el diario que hoy sigue tirando su buena cantidad de ejemplares. Por lo que supe, de ahí se fue a trabajar a la UTPBA, el sindicato de prensa, donde lo encontró la muerte siete años después, cuando lo arrojaron al Riachuelo. 

*** 
En este caso, los muertos fueron 25, y no fue el ácido cianhídrico lo que se los llevó, sino el alcohol metílico. Ahora fue el Instituto de Vitivinicultura el que no controló las partidas de “Soy cuyano” y “Mansero”, del mismo modo que un año antes el Ministerio de Salud hizo la vista gorda para que los laboratorios Huilen pudieran meterle dietilenglicol a medicamentos que no estaban autorizados a elaborar. El cuentamuertos también se detuvo esta vez en 25. 
*** 
Las propagandas eran triunfalistas y abrumadoras. Auspiciaban todos los programas políticos, y hasta había uno de preguntas y respuestas, conducido por Pancho Ibáñez. Los nombres eran optimistas y acogedores, Siembra, Orígenes, Futura, Savia, Previsol, Previnter. Hasta los sindicatos se metieron en la rula de las AFJP, que al poco tiempo, después de seducir a sus clientes con merchandising (pelotas, camisetas argentinas que fueron furor en el Mundial del año siguiente) se largaron a timbear la plata de sus administrados, o sea, se tiraron a una mano de pase inglés en la Bolsa el futuro de esos que decían venir a proteger. 
*** 
Por aquella época todo era independiente y eficiente, por eso al Banco Central se le metió mano en su carta orgánica. Era una exigencia del neoliberalismo por la que todavía claman los voceros de las finanzas, ahora que la tortilla se les dio vuelta, y que Calcagno padre e hijo, explican de esta manera: “En los hechos, el manejo de los instrumentos de política económica propios de un Banco Central confiere gran parte del poder. Quien establece la tasa de interés, el tipo de cambio, el crédito y la emisión monetaria controla la base de los mecanismos económicos. Es un lugar estratégico, porque si no alcanza para ejecutar un programa económico, puede impedir la ejecución de políticas alternativas. De allí que la primera exigencia del FMI y de los grupos financieros internacionales y locales es la ‘independencia’ del Banco Central, que significa su feudalización”. No debía ser muy importante tampoco controlar la energía para desarrollar una política nacional y por eso se privatizaron Somisa y la central hidroeléctrica Chocón-Cerros Colorados, sin olvidar, claro está, a YPF, que a los pocos años dejará un tendal de desocupados, y con ellos, a los primeros piqueteros cortando rutas al lado de pueblos fantasmas. 
*** 
El almirante Rojas, asesino de 400 argentinos en 1955, se va en paz de este mundo, después de recibir el abrazo del presidente Menem. 
*** 
Y en ese mismo año de 1993 en el que todos estos eventos ocurrieron, en el que se borran de un plumazo ramales ferroviarios, en el que dos viejos camanduleros deciden, a través de un pacto personal, la espuria reforma de la constitución, en el que Mario Bonino fue asesinado y arrojado al Riachuelo, en el que el estado ausente deja morir a decenas de ciudadanos por falta de control, en el que se cuece la descomposición social que hoy bajo el nombre de “inseguridad” horroriza a los sectores medios, se dicta la Ley Federal de Educación. 
*** 
Se sabía de antemano que la ley acompañaría la fragmentación de la sociedad argentina, que de hecho desjerarquizaría la profesión docente y liberaría al estado nacional de sostener la educación en detrimento de los estados provinciales y municipales. De hecho, yo, que entonces daba clases en el “Arcamendia”, conocido así por ubicarse en la intersección de Suárez y Arcamendia, en Barracas, vi cómo la inscripción “normal” que el colegio portaba por las mañanas, daba paso al más modesto EMEM, es decir, escuela municipal de educación media. Así, los normales, aquellos centros donde se formaron miles de “señoritas” que impartían la vieja educación sarmientina, se cerraban dando paso a unos engendros en los que la instrucción sería de allí en más un simulacro. De paso, los industriales iban derecho al museo de la educación, en un país que no necesitaba ni ciencia ni técnica. Volviendo a la escuela: la otra calle, paralela a Arcamendia, se llama Coronel Rico, y las tres, junto con Suárez, forman un raro triángulo a la vera del Roca, con el que las tizas suelen tiritar a su paso. 
*** 
Tenía primero, segundo y tercero, y no me importaba demasiado si estaba o no estaba en el programa, pero yo no podía privarme de leerles “Operación masacre”, contarles de Walsh, pedirles que imaginaran los segundos indecibles de Horacio Di Chiano bajo los reflectores de la policía en el basural de José León Suárez, hasta que los policías lo terminan de dar por muerto, y hablarles del enorme Julio Troxler, que había corrido por ahí, ven chicos, asómense a la ventana, por ahí, por Coronel Rico, mientras los sicarios de la Triple A le disparaban.
*** 
Los pibes del turno tarde venían del Conurbano, y esas aulas no eran seguramente las que fueron antes de la dictadura. Costaba dar la clase, había que luchar a brazo partido para que te dieran bola, pero al final, como suele ocurrir con un poco de pasión y ganas, se lograba. Yo ya había optado por métodos heterodoxos, así que armé, fotocopiando la mismísima foto escolar de los pibes y después de recortar las caritas de cada uno, unos cuadernillos en los que hasta análisis sintáctica había, siempre con una estética más cercana a la cumbia villera que al libro de lectura ¡Upa! 
*** 
Ya ni me acuerdo cómo fueron esos días de la reforma, pero vagamente me veo en medio del patio dando un discurso, porque la tropa se soliviantó, incluso una tan sumisa como la de aquellos docentes, y entonces hasta era bien visto que uno tomara la iniciativa y hablara de lo que podía pasarnos con la nueva ley con la que al final nos derrotaron. Pero no sin dar batalla, eh. Hablamos en las aulas, trajimos sábanas viejas y armamos flor de banderas, enseñándoles a los pibes cómo llevarlas, después de tajearlas un poco, para que el viento no los arrastrara. Marchamos desde Barracas hasta la Plaza de Mayo, horas y horas, con una multitud que hoy nadie recuerda pero que mi memoria hace ascender a 150.000 personas. Es curioso, hoy, cuando la política está de vuelta, no hay marcha que convoque esas cantidades, pero entonces, con la bota neoliberal sobre nuestras cabezas, podíamos llegar a esa cifra o a las 200.000 que repudiaron los indultos de Menem. 
*** 
Ya no sé si fue antes o después de la marcha, fue, seguro, por esos días; nos estábamos yendo, una profesora de Historia, un preceptor y yo, cuando otra docente, ya ni sé de qué materia, nos cuenta, sin un asomo de indignación, que un policía uniformado entró en el aula, que pidió documentos, que hizo levantar la mano a los que tenían y a los que no, y entonces, superando nuestro estupor ante tanta mansedumbre, nos prometimos en la misma puerta denunciar el hecho. Esa misma tardecita llamé a Página/12. Me atendió la encargada de Educación, una tal Nora Veiras, y por la noche me apersoné en el programa de Aliverti, “Protagonistas” se llamaba, y escribí de puño y letra una crónica de lo que pasó, y que fue leída al aire y comentada como “una más que obvia apretada del ministerio del Interior” que en ese momento manejaba Ruckauf. No era una exageración, por entonces Menem decía esto: “Yo los llamo a la reflexión. El horno no está para bollos. Yo no estoy en contra de esta amplia libertad que se vive en la República Argentina. Pero no vaya a ser cosa que volvamos a tener otro contingente de Madres de Plaza de Mayo reclamando por sus hijos”. Cuestión que al día siguiente se armó un escándalo, porque los medios, que de ningún modo fueron capaces de hacer una lectura política del tema, se empecinaron en condenar a la directora de la escuela como responsable por “traer” a la policía. Ese mismo año dejé de dar clases allí, no sin antes conocer la rispidez en el trato de directivos y compañeros, encrespados contra el que pateó ese hormiguero tan incómodo. Después siguió el silencio. La reelección, una desocupación que trepó al 25%, la voladura de la AMIA, la ostentación menemista y la imbecilización de toda una sociedad que vendía el alma a cambio de una licuadora. Ignoro si algo de esa lucha quedó en el recuerdo de esos pibes. Lo dudo. Por mi parte, me veo yendo un par de veces a reuniones de padres y docentes autoconvocados a las que la izquierda se empecinó concienzudamente en fragmentar. No mucho más. La estupidez y la antipolítica alcanzó a todos, hasta que alguien tuvo la idea, en diciembre de 2001, de desempolvar las marchas, las asambleas y la participación. Y así, hasta el presente, donde el paisaje cambió. Mucho. Veamos: que a una piba que no dejan hablar en una escuela de San Juan, se rebele a la autoridad y se despache con un discurso contra la dictadura, es tan reconfortante como que una directora converse de igual a igual en un escenario de Tucumán con otra piba que pide ver el programa de Lanata. Que florezcan los centros de estudiantes, que se denuncien los horrores edilicios de cualquier distrito, que se recupere la palabra, sopapeada en la puerta de un boliche o pateada en la mirada de dos adolescentes que se agarran a trompadas porque sí, es señal de esperanza. De ese estado de inmovilidad de los ´90, de derrota y pérdida de toda soberanía; de ese sálvese quien pueda a este me parece que juntos podemos algo, hay un trecho enorme que ningún 0800 puede vulnerar. 
*** 
El Eternauta, proscripto ahora de las escuelas porteñas, empieza con una nevada mortal, que cae sobre cada habitante de Buenos Aires, matando a los que quedan a la intemperie. La salvación viene de la mano de la protección –esos rudimentarios equipos con los que los afectados se protegen de los copos asesinos-, y de la solidaridad. A partir de ahí los resistentes irán descubriendo sucesivos enemigos, a cual más peligroso, hasta llegar al verdadero amo. La historieta y la historia acaban de reunirse una vez más. Así que calcémonos los trajes con las escafandras y vayamos haciendo contacto con todos los pibes. 

Seguro nos encontraremos en las calles o, por ser tiempos más mediáticos, vía Twitter, Facebook, o porqué no, a través de un 0800 Eternauta. 

martes, 14 de agosto de 2012

"Profe, usted me presentó a Greta Garbo"


Ahora tienen cerca de 30. Cuando fueron alumnos míos estaban en 8º, primera camada de eso que se llamó E.G.B., un engendro más que el menemismo creó con la Ley Federal de Educación, diseñada a pedido del Banco Mundial. Uno es abogado, el otro locutor, otro estudia Económicas, y hasta hay una diseñadora gráfica. Nos invitan a Claudio, su profesor de Historia allá por 1997, y a mí, a un asado en Boulogne, que de ahí son, porque de allí precisamente, y en pleno menemismo, estos pibes han podido encaminar sus vidas, lo que ya da para todo un festejo.
No hay muchos docentes en su recuerdo, y eso que cada cual salió para una escuela distinta: que el Nacional de San Isidro, que el Da Vinci, que el Sagrado, así que el convite nos hincha de orgullo. Si los vi cuatro veces en esta década y media es mucho, y fui su profesor durante un año solamente; Lengua, y un tallercito de Cine, que en un arranque de lucidez se le ocurrió a la directora de la escuela.
Lo que más sorprende de estas situaciones es que los pibes, ya no tan pibes, recuerden cosas que uno olvidó: encares de la materia, formas de comunicar los contenidos, e incluso partes específicas de una película. La chica del grupo me lo había anticipado por Facebook: "yo me sentía importante de conocer a Greta Garbo o a los hermanos Marx".
Me detengo en esto de "sentirse importante". El conocimiento escolar suele aburrirnos, dejarnos indiferentes o repelernos, pero rara vez hacernos sentir importantes. En general, los etruscos, los logaritmos y las oraciones subordinadas destruyen la autoestima, no por que se lo propongan, sino porque todo el aparato escolar, el sistema jerárquico a través del que se comunican los conocimientos tiene este objetivo jamás confesado: las cosas son arduas, son difíciles, inaccesibles y ajenas a tu mundo, pero aun así, perseguirás su aprehensión, sin preguntarte si son necesarias, si las deseás, si algún día se conectarán con algún universo de tu vida. Cumpliendo la lógica marxista según la cual las personas se cosifican y las cosas se humanizan, los conocimientos se sentirán importantes y no vos, que serás un servidor de ellos, la mucamita que los dispone en la mesa siguiendo la receta y la etiqueta del maestro.
La autoestima se regocija al "sentirse importante"; y así, una piba del Conurbano que jamás supo de Ninotschka, es feliz por el solo hecho de conocerla. Flavia, esta es Greta, Greta ella es Flavia, háganse amigas. El conocimiento debería tener esa familiaridad, la indispensable para saber que es una herramienta más en el armado del alma.
Pero la escuela no propicia estos acercamientos. El vínculo es más del estilo "Este es el desierto del Kalahari, ríndanse a sus pies, no a su majestuosidad ni a su paisaje que bien podría ilustrar una historieta de la Editorial Columba, como aquellas de 'Aquí la legíón'; no señor, que su cabeza expulse todo vuelo poético, toda asociación con la cultura popular de la que usted proviene, alumno. Estudien al Kalahari en su índice de lluvias, en el cálculo matemático de su aridez, en la mención vacía que lo vincula a tal o cual sistema geográfico, a tal o cual régimen de lluvias. Por y para ustedes hemos desangrado al Kalahari, lo despojamos de todo animal, de todo amanecer, de toda aventura, lo sacamos de la Historia, del África misma para que no tenga cercanía alguna con su población, con la miseria inducida por siglos de poder y despotismo. Temedle, alumno, experiméntalo con distancia y extrañeza y repite sin entender cada una de sus características".
Algunas conclusiones por ahora

Primera: salvo para rebajarla, a la escuela no le interesa la autoestima de sus alumnos.

Segunda: a la escuela no le interesa que los alumnos asocien los nuevos conocimientos con los que ellos ya poseen, aunque en sus folletos las privadas destilen constructivismo, es así; en su práctica real la escuela se opone abiertamente a que el pibe arme con pedazos de cultura popular, saberes sueltos y retazos de una y otra materia su propia base de conocimiento.

Tercera conclusión: a la escuela no le interesa que un conocimiento despierte pasión o malestar, más bien detesta que esos dos pesados aparezcan por la mesa familiar. La pasión y el malestar suelen pegarle silbidos insidiosos -para que vengan corriendo-, a la opinión, al criterio, a la defensa encendida de las posiciones, y la escuela no quiere eso. No quiere individuos que se empoderen, sino más bien todo lo contrario.

Cuarta conclusión: en pleno siglo XXI la escuela subestima e incluso ignora el lenguaje audiovisual. Las miles de imágenes que portan significados, disparan el deseo, la belleza y la curiosidad, son algo más que un simple recurso didáctico, aunque para la mayoría de los docentes signifique una hora libre con cuarenta pibes frente a una pantalla.

Quinta y última: De entre todas las perversiones escolares, esta se lleva el premio mayor: "el uso de las nuevas tecnologías y lenguajes audiovisuales", ese latiguillo con el que las privadas suelen encender el canto de sirena para atraer nuevos clientes, es en el mejor de los casos el recurso peor usado de todos, cuando no el menos usado.


Glosario y algo más:

Ninochtka: película de Ernst Lubitsch, de 1939, protagonizada por Greta Garbo en el papel de una agente soviética que viaja a Occidente para monitorear qué trapisondas están haciendo tres camaradas enviados por el gobierno comunista que han caído,
al parecer, en desviaciones capitalistas.
En aquel tallercito de Cine me propuse que los pibes vieran algunos clásicos,
sobre todo mucha comedia, y que pudieran enlazar la información recibida con aspectos políticos, históricos, ideológicos y estéticos para ir abasteciendo una linda despensa de conocimientos.
El constructivismo berreta supone que el pibe no es atravesado por saberes que en realidad lo interpelan, manipulan e influyen; así que por qué no ponerlo en guardia frente a esta realidad y que él arme su rompecabezas. Lo contrario sería dar "play" a la película y esperar que algo salga de eso (para estos hábitos, ver artículos anteriores sobre "la vuelta al mundo").
En Ninotchka están soviéticos y capitalistas, la cortina de hierro y el lujo, los espías y los aristócratas, un mundo que a veinte años de su muerte, le es completamente ajeno a estos pibes. En Ninotchka está la Revolución Rusa, Eisenstein, Hiroshima y la Guerra Fría, y por lo tanto también está el Proceso, la caída del muro y las Torres Gemelas.
Y en caso de que todo eso no esté, de que los pibes no quieran o no puedan hacer el clic para conectarlos, está el "toque Lubitsch" y Greta, nada menos que Greta, con la que una piba de Boulogne se empezó a tratar como si fuera la vecina de la vuelta.

viernes, 10 de agosto de 2012

La vuelta a la cordura en 80 días II


La nena no sabe quién es Julio Verne. Ni que es el padre de la ciencia ficción, ni que es francés, ni que vivió en el siglo XIX. Es más, no sabe lo que es el siglo XIX. Es más, todavía le cuesta juntar las XX y el palito en el medio para escribirlo en números romanos.
No es la más rezagada del pelotón, al contrario, está entre las más dedicadas y tiene una expresión oral y escrita fluida y florida. Pero de Julio Verne, nada.
Hace cuarenta años, las señoritas surgidas de las escuelas normales que el menemismo destruyó (es bueno recordar esto, ese modelo de formación sarmientina fue desterrado por la Ley Federal de Educación, y las escuelas normales se convirtieron en colegios municipales, cumpliendo las exigencias del Banco Mundial) nos pedían que recitáramos la “biografía del autor”. Hoy no. Tuve una docente de Análisis Literario que en el profesorado se hacía cruces por aquel hábito: “que el contexto no interesa en absoluto, sino el texto, que es una barrabasada sacar conclusiones literarias de la epilepsia de Dostoievsi y que a quién le importa si las novelas de Dickens pasan en plena Revolución Industrial”.
En su caso se trataba de rigor estructuralista, de establecer con certeza el objeto de estudio de la literatura. Y es cierto que aquello de recitar que “Don Miguel de Cervantes Saavedra, coloso de la literatura castellana, nació en…”, no ayudaba demasiado. La escuela seguramente lo hace con una intención constructivista, esperando que el pibe solito descule ese objeto que se le ha puesto en sus manos: de algún modo entenderá el contexto, por las suyas descifrará quién es Verne, y en unos años será un experto en vincular al positivismo, la ciencia ficción del siglo XIX y el relato eurocentrista que ayudó a modelar el imaginario de la periferia sobre la clave de la novela de aventuras. O no.
Que yo recuerde, lo mío fue bastante constructivista. Ya no recuerdo muy bien pero seguro que elegí el libro porque el penacho del piel roja de la tapa me pareció soberbio, y sus ganas de alcanzar el tren se ganaron todo mi respeto. Después lo leí y de a poco fui imaginando cómo sería la India o el oeste americano, ayudado por las imágenes de “Sábados de Super Acción” que pasaban por Teleonce.
Pero la escuela pretende ser más constructivista que la cabeza de un niño, así que a la niña le piden que lea un par de capítulos iniciales y luego la hacen saltar hasta el capítulo XI, lo que la deja en ascuas sobre el ladrón del banco de Inglaterra (¿Es Phileas Fogg, es otro? Me tiento decirle que deberíamos sacarnos el sombrero por el caco, porque tal vez parte del dinero hurtado es del tesoro de Sobremonte, que los ingleses hasta pasearon por el centro de Londres).
Total, que no entiendo por qué el salto hasta el XI, así que ella me lo explica: “lo que pasa es que tenemos que armar un campus”. Ya sé, esto parece difícil para chicos de once años. Uno dice “armar un campus” y se imagina a los pibes levantando la cafetería, la cancha de béisbol y hasta las habitaciones “donde dormirán esos idiotas de la sociedad Phi Beta Kappa, Mike”. No. Es un campus virtual que, en un alarde de constructivismo construyen los propios alumnos. Uno pone el capítulo III, el otro el XVIII y así. Un cadáver exquisito pero hecho con lecturas de aquí y allá.
Por ahí usted es un malpensado y supone que esto es algo caótico. Tiene razón. Es que si uno no sabe en qué parte del viaje apareció la princesa india, medio que se queda en Babia.
Todo bien con las nuevas tecnologías de información, todo bien con Piaget, pero a esta altura ¿sabrá la escuela qué información hay en la cabeza de la niña como para darle a destajo al constructivismo?
Insistamos con esto, la nena no es el alumno promedio, es expresiva al leer y no vacila frente a las palabras desconocidas. Paremos acá. Los docentes sabrán entenderme. Usualmente, los chicos se frenan ante cada palabra incógnita como si enfrentaran una anomalía de la naturaleza: levantan la cabeza, te miran con asco y después la pronuncian como si se tratara de un insulto. Bueno, no es este el caso, la buena lectura favorece la incorporación de la historia, y la rápida asimilación de cada palabra la familiariza con ese universo nuevo.
Sin embargo, la párvula no tiene idea de cuándo se desarrolla la historia, en dónde ocurre, ni puede distinguir qué medios de transporte han sido creados y están en plena vigencia para entonces. Extrañarse porque no hacen el recorrido en avión no es un detalle menor, y da para un aparte que aquí nomás proponemos. Las generaciones más jóvenes, atravesadas de lleno por la posmodernidad, experimentan el tiempo de un modo muy distinto al de las anteriores. La inmediatez es un signo de la época, el pasado algo que ocurrió cuando yo no estaba, un magma en el que se confunden Rosas, Perón, el abuelo, los autos y los dinosaurios. No es chiste: nuestra niña me preguntó un día por qué Colón no había usado un avión para llegar aquí. Olvídense de Colón, piensen qué pasaría con cualquiera de nosotros si esa dimensión espesa y compleja que es el pasado, eso que me constituye como individuo es ajeno a mi percepción. Si mataron seis millones o desaparecieron treinta mil es algo que pasó antes, yo no tengo por qué saberlo ni tengo por qué tomar partido porque no estaba. Y si los ejemplos les parecen pesados, recuerden que somos seres históricos, que estamos hechos de capas de evocaciones familiares, mandatos, generaciones que nos precedieron, mantos sucesivos de equívocos, traiciones, malas decisiones, capital económico y cultural mal o bien acumulado, y después cuéntenme.
Con el perdón de Piaget, entonces, le muestro en youtube algunas imágenes de la película de Michael Anderson, con David Niven y Cantinflas, en donde vemos esos velocípedos de ruedas gigantes y carros tirados por caballos. Traiciono un poco más el credo constructivista y en el capítulo XI le pregunto si no le parece extraño que la empresa de ferrocarril de la India lleve un nombre inglés. Lo piensa un poco, y tal vez para conformarme, porque me adivina un brillo jauretcheano en los ojos, me dice “porque los ingleses quieren todo”.
A veces la escuela es literal. Construir el conocimiento, cooperando entre los pibes, está lleno de buenas intenciones, pero tratándose de una novela de aventuras, con un hilo narrativo que va sumando hitos por continentes y peripecias, no parece una gran idea. Al menos es contradictorio con el cuestionario que llega unos días después, y en el que leemos: f) ¿Cuál es el argumento de la novela?
¿En qué quedamos? ¿Conocemos todo el libro o lo desguazamos entre cada pibe para así armar el “campus”? Sin ofender los bríos constructivistas del colegio, sugiero “decile a la maestra que no podés saber el argumento completo porque no la leíste”. Que aprender a cuestionar la lógica de la autoridad es un ejercicio más edificante que respetar a rajatabla órdenes y mandatos.
Glosario:
Constructivismo: Como se desprende del artículo, es una corriente pedagógica que ofrece al alumno la posibilidad de crear sus propias herramientas de aprendizaje. Según John Abbott y Terence Ryan, en “Constructing Knowledge and Shaping Brains”, “cada alumno estructura su conocimiento del mundo a través de un patrón único, conectando cada nuevo hecho, experiencia o entendimiento en una estructura que crece de manera subjetiva y que lleva al aprendiz a establecer relaciones racionales y significativas con el mundo”.
Campus: Dejando de lado la humorada de las universidades yanquis, los campus virtuales tienen un desarrollo creciente en las instituciones escolares. Favorecen la educación a distancia y permiten crear comunidades virtuales de alumnos que se consultan entre sí, interactúan con los docentes y encuentran herramientas de ayuda permanentes.

jueves, 9 de agosto de 2012

La vuelta a la cordura en 80 días


Le piden a la nena “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne. La nena tiene 11 años, y va a una escuela privada de Capital.

El requerimiento es bien específico, hay que comprar la edición 2005 de Ediciones Agebe. Primera perplejidad: Julio Verne es uno de los escritores más publicados de la historia, y un clásico de la literatura adolescente. Uno leyó “La vuelta al mundo en 80 días” por las suyas, sin necesidad de que la escuela lo pidiese, porque estaba “ahí”, en algún lugar de la biblioteca, y hoy debe seguir “ahí” en la casa de miles de abuelos, que podrían desempolvarlo y de paso ponerse a leerlo con sus nietos. Pero no, la escuela (¿la “seño”, el sistema, la directora, el mercado editorial?) pretende esa edición. No otra.

Segunda perplejidad: los padres salen disparados a comprarla cual si se tratara de “Otonoxan 40 miligramos” recetado para una extraña dolencia que puede estragar la salud de sus hijos. Pero es “La vuelta al mundo en 80 días”, no una de esas novelas especialmente concebidas para lectura escolar, un subproducto literario que pretende adecuarse con estilo “canchero” al gusto de los niños y a la vez convertirse en un mojón didáctico, sin lograr una cosa ni la otra. Es “la vuelta al mundo”. Tiene miles de traducciones, todas más o menos parecidas. Así que lo que uno deduce es que seguramente trae una guía con ejercicios especialmente diseñados para vincular de un modo interdisciplinario varias áreas de conocimiento. Pero no. Es la misma “vuelta al mundo” de siempre, con Passepartout y Phileas Fogg yendo de aquí para allá. Es más, la edición es bastante más fea y berreta que las que uno conoció en la infancia, por caso la de aquella colección Iridium, que creo era de Editorial Kapelusz. Tapa dura aquella, contra tapa blanda y deslucida ésta. La de Iridium, con ese piel roja que pueden ver corriendo a la par de la locomotora, como salido de un cuadrito de José Luis Salinas, la de Agebe con ese globito en el que ni siquiera se vislumbra figura humana que lo conduzca (de paso, Phileas Fogg y Passepartout jamás viajan en globo durante toda su travesía, esa es una licencia que se permite la película de 1956, así que o bien Agebe no ilustra muy bien a sus ilustradores, o los larga al ruedo con un par de vaguedades del tipo “pónele un globito en la tapa y listo”).

Hay en Internet una cantidad apreciable de traducciones de “la vuelta al mundo”, que los pibes podrían leer on line o imprimir. Pero no. Todos los padres se ven obligados por los púberes a comprar esa edición de Agebe, que a más de poco inspirada y ordinaria, muestra enseguida la hilacha de un escaneo insidioso y desprolijo en cuanto manchitas de café o mosquitas muertas se convierten en sorpresivos tildes, y así hasta Passepartout deviene por obra y gracia de un rayón mínimo en Rassepartout.

De paso, se nota que el señor Agebe no paga correctores, y el final de una carta que se transcribe en el libro, queda a caballo de dos páginas, en una composición fallida que los viejos correctores de Iridium no hubieran dejado pasar.

Tercera perplejidad: los padres que han conseguido la joya inhallable de la edición de Agebe, se la pasan por la cara a los que todavía penan por librerías de Belgrano, Devoto y Villa del Parque. Es decir, han comprado “la vuelta al mundo” con el mismo espíritu con el que pujan por la Wii: “mi hijo la tiene, yo la conseguí primero, tomá pa´vos”.

Lo que uno sospecha es que las editoriales vienen haciendo el mismo trabajo que los laboratorios: seducen al profesional responsable, le dan unas cuantas muestras gratis y una vez que los convencieron de que esa edición insípida y fallida es la elegida, no tienen más que sentarse a esperar la histeria colectiva: los niños exigen a los padres esa edición, y los padres no conciben que, o bien pueda estar –palabras más, palabras menos según la traducción-, en algún rincón de la casa o bien esperándolos en la biblioteca de los abuelos (y por qué no, en una librería de viejo, a diez pesos, después de revolver junto con sus niños en procura de varios tesoros por los que nadie puja, porque no han tenido atrás a un promotor ofreciéndolos con espíritu de buhonero).

Pero ya está, todos los niños tienen una misma edición de “la vuelta al mundo”, no sea cosa que por intentar con otras ediciones, Phileas Fogg pierda la apuesta o se mande por un sospechoso atajo entre India y San Francisco para completar el periplo.

Ya está, todos bien uniformaditos como la escuela manda.

Y a seguir comiendo el Big Mac que andá a saber cuántas escupidas tiene adentro.