PELIGRO ESCUELA
"Despacio escuela" era un cartel de advertencia para no andar pisando escolares o maestras. Hoy "Peligro escuela" es la señal que se impone para que la institución no termine pisándonos a todos.
sábado, 25 de agosto de 2012
0800 ETERNAUTA
martes, 14 de agosto de 2012
"Profe, usted me presentó a Greta Garbo"

No hay muchos docentes en su recuerdo, y eso que cada cual salió para una escuela distinta: que el Nacional de San Isidro, que el Da Vinci, que el Sagrado, así que el convite nos hincha de orgullo. Si los vi cuatro veces en esta década y media es mucho, y fui su profesor durante un año solamente; Lengua, y un tallercito de Cine, que en un arranque de lucidez se le ocurrió a la directora de la escuela.
Lo que más sorprende de estas situaciones es que los pibes, ya no tan pibes, recuerden cosas que uno olvidó: encares de la materia, formas de comunicar los contenidos, e incluso partes específicas de una película. La chica del grupo me lo había anticipado por Facebook: "yo me sentía importante de conocer a Greta Garbo o a los hermanos Marx".
Me detengo en esto de "sentirse importante". El conocimiento escolar suele aburrirnos, dejarnos indiferentes o repelernos, pero rara vez hacernos sentir importantes. En general, los etruscos, los logaritmos y las oraciones subordinadas destruyen la autoestima, no por que se lo propongan, sino porque todo el aparato escolar, el sistema jerárquico a través del que se comunican los conocimientos tiene este objetivo jamás confesado: las cosas son arduas, son difíciles, inaccesibles y ajenas a tu mundo, pero aun así, perseguirás su aprehensión, sin preguntarte si son necesarias, si las deseás, si algún día se conectarán con algún universo de tu vida. Cumpliendo la lógica marxista según la cual las personas se cosifican y las cosas se humanizan, los conocimientos se sentirán importantes y no vos, que serás un servidor de ellos, la mucamita que los dispone en la mesa siguiendo la receta y la etiqueta del maestro.
La autoestima se regocija al "sentirse importante"; y así, una piba del Conurbano que jamás supo de Ninotschka, es feliz por el solo hecho de conocerla. Flavia, esta es Greta, Greta ella es Flavia, háganse amigas. El conocimiento debería tener esa familiaridad, la indispensable para saber que es una herramienta más en el armado del alma.
Pero la escuela no propicia estos acercamientos. El vínculo es más del estilo "Este es el desierto del Kalahari, ríndanse a sus pies, no a su majestuosidad ni a su paisaje que bien podría ilustrar una historieta de la Editorial Columba, como aquellas de 'Aquí la legíón'; no señor, que su cabeza expulse todo vuelo poético, toda asociación con la cultura popular de la que usted proviene, alumno. Estudien al Kalahari en su índice de lluvias, en el cálculo matemático de su aridez, en la mención vacía que lo vincula a tal o cual sistema geográfico, a tal o cual régimen de lluvias. Por y para ustedes hemos desangrado al Kalahari, lo despojamos de todo animal, de todo amanecer, de toda aventura, lo sacamos de la Historia, del África misma para que no tenga cercanía alguna con su población, con la miseria inducida por siglos de poder y despotismo. Temedle, alumno, experiméntalo con distancia y extrañeza y repite sin entender cada una de sus características".
Algunas conclusiones por ahora
Primera: salvo para rebajarla, a la escuela no le interesa la autoestima de sus alumnos.
Segunda: a la escuela no le interesa que los alumnos asocien los nuevos conocimientos con los que ellos ya poseen, aunque en sus folletos las privadas destilen constructivismo, es así; en su práctica real la escuela se opone abiertamente a que el pibe arme con pedazos de cultura popular, saberes sueltos y retazos de una y otra materia su propia base de conocimiento.
Tercera conclusión: a la escuela no le interesa que un conocimiento despierte pasión o malestar, más bien detesta que esos dos pesados aparezcan por la mesa familiar. La pasión y el malestar suelen pegarle silbidos insidiosos -para que vengan corriendo-, a la opinión, al criterio, a la defensa encendida de las posiciones, y la escuela no quiere eso. No quiere individuos que se empoderen, sino más bien todo lo contrario.
Cuarta conclusión: en pleno siglo XXI la escuela subestima e incluso ignora el lenguaje audiovisual. Las miles de imágenes que portan significados, disparan el deseo, la belleza y la curiosidad, son algo más que un simple recurso didáctico, aunque para la mayoría de los docentes signifique una hora libre con cuarenta pibes frente a una pantalla.
Quinta y última: De entre todas las perversiones escolares, esta se lleva el premio mayor: "el uso de las nuevas tecnologías y lenguajes audiovisuales", ese latiguillo con el que las privadas suelen encender el canto de sirena para atraer nuevos clientes, es en el mejor de los casos el recurso peor usado de todos, cuando no el menos usado.
Glosario y algo más:
Ninochtka: película de Ernst Lubitsch, de 1939, protagonizada por Greta Garbo en el papel de una agente soviética que viaja a Occidente para monitorear qué trapisondas están haciendo tres camaradas enviados por el gobierno comunista que han caído, al parecer, en desviaciones capitalistas.
En aquel tallercito de Cine me propuse que los pibes vieran algunos clásicos, sobre todo mucha comedia, y que pudieran enlazar la información recibida con aspectos políticos, históricos, ideológicos y estéticos para ir abasteciendo una linda despensa de conocimientos.
El constructivismo berreta supone que el pibe no es atravesado por saberes que en realidad lo interpelan, manipulan e influyen; así que por qué no ponerlo en guardia frente a esta realidad y que él arme su rompecabezas. Lo contrario sería dar "play" a la película y esperar que algo salga de eso (para estos hábitos, ver artículos anteriores sobre "la vuelta al mundo").
En Ninotchka están soviéticos y capitalistas, la cortina de hierro y el lujo, los espías y los aristócratas, un mundo que a veinte años de su muerte, le es completamente ajeno a estos pibes. En Ninotchka está la Revolución Rusa, Eisenstein, Hiroshima y la Guerra Fría, y por lo tanto también está el Proceso, la caída del muro y las Torres Gemelas.
Y en caso de que todo eso no esté, de que los pibes no quieran o no puedan hacer el clic para conectarlos, está el "toque Lubitsch" y Greta, nada menos que Greta, con la que una piba de Boulogne se empezó a tratar como si fuera la vecina de la vuelta.
viernes, 10 de agosto de 2012
La vuelta a la cordura en 80 días II
jueves, 9 de agosto de 2012
La vuelta a la cordura en 80 días

Le piden a la nena “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne. La nena tiene 11 años, y va a una escuela privada de Capital.
El requerimiento es bien específico, hay que comprar la edición 2005 de Ediciones Agebe. Primera perplejidad: Julio Verne es uno de los escritores más publicados de la historia, y un clásico de la literatura adolescente. Uno leyó “La vuelta al mundo en 80 días” por las suyas, sin necesidad de que la escuela lo pidiese, porque estaba “ahí”, en algún lugar de la biblioteca, y hoy debe seguir “ahí” en la casa de miles de abuelos, que podrían desempolvarlo y de paso ponerse a leerlo con sus nietos. Pero no, la escuela (¿la “seño”, el sistema, la directora, el mercado editorial?) pretende esa edición. No otra.
Segunda perplejidad: los padres salen disparados a comprarla cual si se tratara de “Otonoxan 40 miligramos” recetado para una extraña dolencia que puede estragar la salud de sus hijos. Pero es “La vuelta al mundo en 80 días”, no una de esas novelas especialmente concebidas para lectura escolar, un subproducto literario que pretende adecuarse con estilo “canchero” al gusto de los niños y a la vez convertirse en un mojón didáctico, sin lograr una cosa ni la otra. Es “la vuelta al mundo”. Tiene miles de traducciones, todas más o menos parecidas. Así que lo que uno deduce es que seguramente trae una guía con ejercicios especialmente diseñados para vincular de un modo interdisciplinario varias áreas de conocimiento. Pero no. Es la misma “vuelta al mundo” de siempre, con Passepartout y Phileas Fogg yendo de aquí para allá. Es más, la edición es bastante más fea y berreta que las que uno conoció en la infancia, por caso la de aquella colección Iridium, que creo era de Editorial Kapelusz. Tapa dura aquella, contra tapa blanda y deslucida ésta. La de Iridium, con ese piel roja que pueden ver corriendo a la par de la locomotora, como salido de un cuadrito de José Luis Salinas, la de Agebe con ese globito en el que ni siquiera se vislumbra figura humana que lo conduzca (de paso, Phileas Fogg y Passepartout jamás viajan en globo durante toda su travesía, esa es una licencia que se permite la película de 1956, así que o bien Agebe no ilustra muy bien a sus ilustradores, o los larga al ruedo con un par de vaguedades del tipo “pónele un globito en la tapa y listo”).
Hay en Internet una cantidad apreciable de traducciones de “la vuelta al mundo”, que los pibes podrían leer on line o imprimir. Pero no. Todos los padres se ven obligados por los púberes a comprar esa edición de Agebe, que a más de poco inspirada y ordinaria, muestra enseguida la hilacha de un escaneo insidioso y desprolijo en cuanto manchitas de café o mosquitas muertas se convierten en sorpresivos tildes, y así hasta Passepartout deviene por obra y gracia de un rayón mínimo en Rassepartout.
De paso, se nota que el señor Agebe no paga correctores, y el final de una carta que se transcribe en el libro, queda a caballo de dos páginas, en una composición fallida que los viejos correctores de Iridium no hubieran dejado pasar.
Tercera perplejidad: los padres que han conseguido la joya inhallable de la edición de Agebe, se la pasan por la cara a los que todavía penan por librerías de Belgrano, Devoto y Villa del Parque. Es decir, han comprado “la vuelta al mundo” con el mismo espíritu con el que pujan por la Wii: “mi hijo la tiene, yo la conseguí primero, tomá pa´vos”.
Lo que uno sospecha es que las editoriales vienen haciendo el mismo trabajo que los laboratorios: seducen al profesional responsable, le dan unas cuantas muestras gratis y una vez que los convencieron de que esa edición insípida y fallida es la elegida, no tienen más que sentarse a esperar la histeria colectiva: los niños exigen a los padres esa edición, y los padres no conciben que, o bien pueda estar –palabras más, palabras menos según la traducción-, en algún rincón de la casa o bien esperándolos en la biblioteca de los abuelos (y por qué no, en una librería de viejo, a diez pesos, después de revolver junto con sus niños en procura de varios tesoros por los que nadie puja, porque no han tenido atrás a un promotor ofreciéndolos con espíritu de buhonero).
Pero ya está, todos los niños tienen una misma edición de “la vuelta al mundo”, no sea cosa que por intentar con otras ediciones, Phileas Fogg pierda la apuesta o se mande por un sospechoso atajo entre India y San Francisco para completar el periplo.
Ya está, todos bien uniformaditos como la escuela manda.
Y a seguir comiendo el Big Mac que andá a saber cuántas escupidas tiene adentro.

