viernes, 10 de agosto de 2012

La vuelta a la cordura en 80 días II


La nena no sabe quién es Julio Verne. Ni que es el padre de la ciencia ficción, ni que es francés, ni que vivió en el siglo XIX. Es más, no sabe lo que es el siglo XIX. Es más, todavía le cuesta juntar las XX y el palito en el medio para escribirlo en números romanos.
No es la más rezagada del pelotón, al contrario, está entre las más dedicadas y tiene una expresión oral y escrita fluida y florida. Pero de Julio Verne, nada.
Hace cuarenta años, las señoritas surgidas de las escuelas normales que el menemismo destruyó (es bueno recordar esto, ese modelo de formación sarmientina fue desterrado por la Ley Federal de Educación, y las escuelas normales se convirtieron en colegios municipales, cumpliendo las exigencias del Banco Mundial) nos pedían que recitáramos la “biografía del autor”. Hoy no. Tuve una docente de Análisis Literario que en el profesorado se hacía cruces por aquel hábito: “que el contexto no interesa en absoluto, sino el texto, que es una barrabasada sacar conclusiones literarias de la epilepsia de Dostoievsi y que a quién le importa si las novelas de Dickens pasan en plena Revolución Industrial”.
En su caso se trataba de rigor estructuralista, de establecer con certeza el objeto de estudio de la literatura. Y es cierto que aquello de recitar que “Don Miguel de Cervantes Saavedra, coloso de la literatura castellana, nació en…”, no ayudaba demasiado. La escuela seguramente lo hace con una intención constructivista, esperando que el pibe solito descule ese objeto que se le ha puesto en sus manos: de algún modo entenderá el contexto, por las suyas descifrará quién es Verne, y en unos años será un experto en vincular al positivismo, la ciencia ficción del siglo XIX y el relato eurocentrista que ayudó a modelar el imaginario de la periferia sobre la clave de la novela de aventuras. O no.
Que yo recuerde, lo mío fue bastante constructivista. Ya no recuerdo muy bien pero seguro que elegí el libro porque el penacho del piel roja de la tapa me pareció soberbio, y sus ganas de alcanzar el tren se ganaron todo mi respeto. Después lo leí y de a poco fui imaginando cómo sería la India o el oeste americano, ayudado por las imágenes de “Sábados de Super Acción” que pasaban por Teleonce.
Pero la escuela pretende ser más constructivista que la cabeza de un niño, así que a la niña le piden que lea un par de capítulos iniciales y luego la hacen saltar hasta el capítulo XI, lo que la deja en ascuas sobre el ladrón del banco de Inglaterra (¿Es Phileas Fogg, es otro? Me tiento decirle que deberíamos sacarnos el sombrero por el caco, porque tal vez parte del dinero hurtado es del tesoro de Sobremonte, que los ingleses hasta pasearon por el centro de Londres).
Total, que no entiendo por qué el salto hasta el XI, así que ella me lo explica: “lo que pasa es que tenemos que armar un campus”. Ya sé, esto parece difícil para chicos de once años. Uno dice “armar un campus” y se imagina a los pibes levantando la cafetería, la cancha de béisbol y hasta las habitaciones “donde dormirán esos idiotas de la sociedad Phi Beta Kappa, Mike”. No. Es un campus virtual que, en un alarde de constructivismo construyen los propios alumnos. Uno pone el capítulo III, el otro el XVIII y así. Un cadáver exquisito pero hecho con lecturas de aquí y allá.
Por ahí usted es un malpensado y supone que esto es algo caótico. Tiene razón. Es que si uno no sabe en qué parte del viaje apareció la princesa india, medio que se queda en Babia.
Todo bien con las nuevas tecnologías de información, todo bien con Piaget, pero a esta altura ¿sabrá la escuela qué información hay en la cabeza de la niña como para darle a destajo al constructivismo?
Insistamos con esto, la nena no es el alumno promedio, es expresiva al leer y no vacila frente a las palabras desconocidas. Paremos acá. Los docentes sabrán entenderme. Usualmente, los chicos se frenan ante cada palabra incógnita como si enfrentaran una anomalía de la naturaleza: levantan la cabeza, te miran con asco y después la pronuncian como si se tratara de un insulto. Bueno, no es este el caso, la buena lectura favorece la incorporación de la historia, y la rápida asimilación de cada palabra la familiariza con ese universo nuevo.
Sin embargo, la párvula no tiene idea de cuándo se desarrolla la historia, en dónde ocurre, ni puede distinguir qué medios de transporte han sido creados y están en plena vigencia para entonces. Extrañarse porque no hacen el recorrido en avión no es un detalle menor, y da para un aparte que aquí nomás proponemos. Las generaciones más jóvenes, atravesadas de lleno por la posmodernidad, experimentan el tiempo de un modo muy distinto al de las anteriores. La inmediatez es un signo de la época, el pasado algo que ocurrió cuando yo no estaba, un magma en el que se confunden Rosas, Perón, el abuelo, los autos y los dinosaurios. No es chiste: nuestra niña me preguntó un día por qué Colón no había usado un avión para llegar aquí. Olvídense de Colón, piensen qué pasaría con cualquiera de nosotros si esa dimensión espesa y compleja que es el pasado, eso que me constituye como individuo es ajeno a mi percepción. Si mataron seis millones o desaparecieron treinta mil es algo que pasó antes, yo no tengo por qué saberlo ni tengo por qué tomar partido porque no estaba. Y si los ejemplos les parecen pesados, recuerden que somos seres históricos, que estamos hechos de capas de evocaciones familiares, mandatos, generaciones que nos precedieron, mantos sucesivos de equívocos, traiciones, malas decisiones, capital económico y cultural mal o bien acumulado, y después cuéntenme.
Con el perdón de Piaget, entonces, le muestro en youtube algunas imágenes de la película de Michael Anderson, con David Niven y Cantinflas, en donde vemos esos velocípedos de ruedas gigantes y carros tirados por caballos. Traiciono un poco más el credo constructivista y en el capítulo XI le pregunto si no le parece extraño que la empresa de ferrocarril de la India lleve un nombre inglés. Lo piensa un poco, y tal vez para conformarme, porque me adivina un brillo jauretcheano en los ojos, me dice “porque los ingleses quieren todo”.
A veces la escuela es literal. Construir el conocimiento, cooperando entre los pibes, está lleno de buenas intenciones, pero tratándose de una novela de aventuras, con un hilo narrativo que va sumando hitos por continentes y peripecias, no parece una gran idea. Al menos es contradictorio con el cuestionario que llega unos días después, y en el que leemos: f) ¿Cuál es el argumento de la novela?
¿En qué quedamos? ¿Conocemos todo el libro o lo desguazamos entre cada pibe para así armar el “campus”? Sin ofender los bríos constructivistas del colegio, sugiero “decile a la maestra que no podés saber el argumento completo porque no la leíste”. Que aprender a cuestionar la lógica de la autoridad es un ejercicio más edificante que respetar a rajatabla órdenes y mandatos.
Glosario:
Constructivismo: Como se desprende del artículo, es una corriente pedagógica que ofrece al alumno la posibilidad de crear sus propias herramientas de aprendizaje. Según John Abbott y Terence Ryan, en “Constructing Knowledge and Shaping Brains”, “cada alumno estructura su conocimiento del mundo a través de un patrón único, conectando cada nuevo hecho, experiencia o entendimiento en una estructura que crece de manera subjetiva y que lleva al aprendiz a establecer relaciones racionales y significativas con el mundo”.
Campus: Dejando de lado la humorada de las universidades yanquis, los campus virtuales tienen un desarrollo creciente en las instituciones escolares. Favorecen la educación a distancia y permiten crear comunidades virtuales de alumnos que se consultan entre sí, interactúan con los docentes y encuentran herramientas de ayuda permanentes.

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